UNA BALA EN LA CABEZA

(UN HOMENAJE A TODOS LOS VETERANOS EN SU DIA)

 

Por: Ramón Talavera Franco

 

“ Estaba tirado en la nieve. Quería mover una de mis manos para limpiarme la sangre que me ensuciaba la cara, pero no podía. La sangre es la que mueve el cuerpo, pero por el orificio que tenía en la cabeza había salido mucha y con ella, la energía de mi cuerpo. A mi lado estaba un compañero con un balazo que le atravesó el estomago y la espina dorsal. Se quejó. Se quejó desde las seis de la tarde que nos dispararon. Se quejó durante la madrugada, pero yo no quería hablarle. No quería hacer ningún ruido que me delatara porque los “carajos” coreanos estaban cerca y podían llegar a rematarnos. Recuerdo la nieve, la noche, el frío y por supuesto, la sangre”.

 

 Jesús P. Laurel, veterano de guerra, palmea la mesa de madera frente a la que está sentado: “desde ese día, mi mano izquierda dejó de “sentir”. Si en la noche o en algún lugar oscuro intento tocar algo, no sé lo que estoy agarrando. Por eso me dio por dormir del lado izquierdo de la cama, porque así, si quiero abrazar a mi señora, solo giro un poquito y la puedo abrazar con mi brazo derecho. Así, si puedo sentirla.”

 

Jesús P. Laurel nació en Laredo, Texas en 1923 y se considera un hombre afortunado. Superviviente de dos guerras, sabe mejor que nadie que la vida es para vivirse, consejo que, por cierto, aprendió de su madre cuya premisa era:  “en esta vida no hay que sentarse, porque el que se sienta, se atrofia”. Por eso, desde su regreso de Corea, el señor Laurel no ha dejado de estar activo y hoy a sus 77 años, a pesar de tener cuatro jubilaciones que le aseguran su tranquilidad económica, sigue trabajando y es orgulloso co-propietario de “Reyna Laurel Insurance”, además de ser el “Comander” de los “Disable Amercian Veterans” y el “Chairman” de “Veterans of Foreign Wars”.

 

Pero veamos su historia desde el principio.

 

DE NIÑO DE CASA, A MILITAR

 

A mí no me gustaba la escuela. Cuando estaba en High School me salí de la escuela por andar repartiendo el “Times” y haciendo otras “cositas” en las que pasaba el tiempo. Un día me enteré del problema que se estaba dando en México debido a la “fiebre aftosa”, que era una enfermedad que les producía llagas en las pezuñas y en la lengua a animales como los marranos, las chivas y las vacas, es decir, a todos los de pezuña abierta. Entonces me ofrecí como voluntario y me mandaron a Veracruz. Ahí estuve vacunando ganado y trabajando también como inspector. Por cierto, al principio los ganaderos no nos querían porque los inspectores teníamos la orden de matar a todos los animales infectados y los ganaderos sentían que iban a perder todo su dinero invertido en su ganado. Pero como también teníamos la autorización de “comprarles” a los ganaderos sus animalitos para que no tuvieran muchas perdidas, finalmente accedieron a que matáramos a los infectados.

 

En esto trabajaba, cuando me hablaron de mi casa para avisarme que me habían mandado una carta del gobierno en la que me pedían ir a la guerra.

 

No esperaba que siendo tan joven, me solicitara el ejercito.

 

¡A LA GUERRA!

 

Era 1941 y yo tenía 18 años. Fui mandado a San Antonio para que se me aplicaran exámenes médicos y una vez aprobado, me llevaron a California al “Camp Roberts” para empezar mi entrenamiento. Nos levantaban a las cuatro de la mañana para “lavarnos”. Aprendimos a comer las raciones que daba el ejercito a los soldados en batalla, que eran botecitos que contenían “ham and eggs” o sólo “ham”, y otros alimentos. La mayor parte del entrenamiento estaba destinado a que aprendiéramos a “tirar” con carabinas, ametralladoras o “heavy weapons”. Y sobretodo a marchar. Marchábamos mucho durante el día. Este entrenamiento duró entre seis y diez semanas.

 

Antes de mandarnos a batalla y terminado el entrenamiento, nos dejaron ir a nuestras casas a despedirnos de nuestras familias. Y cuando llegué, me di cuenta que yo ya era otra persona. Me cambiaron. Yo ya no era el niño de la casa que fue criado por su madre. Yo ya era más que un hombre. Era un militar.

 

SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

 

Nos subieron a un barco y nos mandaron a Australia. Ir en barco me ayudó mucho porque iba tranquilo y pensaba que cuando menos así tardaría un poquito más en llegar a esa “otra realidad” que nos esperaba.

 

En Australia nos organizaron y nos mandaron a Nueva Guinea porque ahí habían muchos japoneses y recibimos la orden de ir a “limpiar” el camino, es decir, a hacerlos prisioneros o a matarlos. Porque en la guerra nos dicen” “you kill or you be killed”.

 

Me acuerdo que desde que llegamos empezamos a disparar. Yo sólo veía caer a los japoneses y llegó el momento en que se hizo cotidiano. Es más, cuando llegaba el momento de comer, a veces lo hacíamos rodeados de cadáveres que estaban siendo devorados por los gusanos. Así, mientras los gusanos comían, nosotros también.

 

La sed y el calor eran otros enemigos contra los que teníamos que luchar. Cuando llegabamos a un río o al mar, nos metíamos con todo y ropa para refrescarnos. Y para calmar la sed...  ¡lo que no hicimos! Un día encontramos una cascada y mis compañeros y yo fuimos a beber. Después de aplacar nuestra sed, nos dimos cuenta que arriba de la cascada había varios cadáveres de japoneses, pudriéndose, deshaciéndose sobre el agua que después caía y nosotros bebíamos. “Bueno”  -pensamos- “cuando menos ya se medio filtró al resbalar por las rocas”. ¡Cosas de la guerra!

 

DE NUEVA GUINEA A FILIPINAS

 

Después de dos años de combate, nos mandaron a Filipinas. Pero después de tanto tiempo luchando, la mente se confunde y comienzan a pasar cosas que no deberían suceder, como cuando los rencores y odios comienzan a salir.

 

A todos los prisioneros teníamos que llevarlos con los generales y capitanes para que los traductores los entrevistaran en su idioma para obtener información de cuántos eran y quiénes eran sus jefes. Pero a veces, los soldados que tenían la consigna de llevarlos, los mataban por la espalda, nada más porque sí, justificándose y diciendo que “trataron de escapar”. Pero la verdad no era así, por lo que cuando esto pasaba, era vergonzoso.

 

Como también era muy triste ver morir a los amigos y debido a esto, muchas veces nos preguntábamos: ¿por qué tenemos que luchar y matar japoneses? Dios nos mandó para vivir como seres humanos y no tenemos derecho a quitarle la vida a nadie. De hecho, esto lo aprendes desde tu casa. Pero en un instante de guerra, te das cuenta que Dios no es el único que puede quitar la vida. Cuando los jefes se enteraban que empezábamos a dudar, nos explicaban que teníamos que hacerlo porque el enemigo era  muy fuerte y si no los parábamos en la isla, se irían a Estados Unidos y ahí iban  a matar a nuestras familias. Era la mejor manera de convencernos y de impulsarnos a seguir luchando. Así que, seguíamos haciéndolo y le pedíamos a Dios que nos ayudara.

 

JAPÓN

 

Cuando fui enviado a Japón, ya se había firmado la paz. Me acuerdo que cuando llegamos, los japoneses que estaban en los edificios y en las calles estaban volteados hacia la pared, dándonos la espalda para que no nos vieran. Sus comandantes los obligaron a hacerlo, para evitar que alguno de ellos, por coraje de que le hayan matado a algún familiar quisieran dispararle a alguno de nosotros ya que si esto sucedía, se entorpecería el proceso de paz. Así que mejor no nos vieron.

 

En Japón fui asignado a los policías militares para cuidar a que “los nuestros” no hicieran desmanes, alborotos ni mataran a nadie solo porque éramos los victoriosos. Yo patrullaba la zona en jeep y cuidaba que nada malo sucediera.

 

Así fueron mis últimos días de esta guerra, hasta que por fin fui trasladado a mi casa. Cuando llegué, mi mamá me abrazó y me dijo: “m’ijo”, “m’ijo” y lloró y lloró, porque le habían dicho que yo había muerto en la guerra. Pobrecita, me agarró con “hambre” con amor y no sabía donde levantarme, en que rinconcito ponerme para que nada me fuera a hacer daño. Los dos creíamos que todo había terminado pero no era así, este era solo un momento de espera.

GUERRA DE COREA

 

Otra vez estaba en México trabajando cuando me llamaron y me pidieron que regresara a Laredo, porque ahora el gobierno quería que fuera a la guerra de Corea. Pero esta vez sí me fue mal, porque ahí me dieron un balazo en la cabeza. Afortunadamente sólo entró y salió por la orilla.  Fue un japonés. Cuando me tiró el balazo y caí, se acercó para tirarme una granada, pero como al mismo tiempo le disparé y lo maté, la granada cayó en mis pies. Como yo traía tres pares de calcetines y la suela de las botas era gruesa y sobre ellas usaba botas de nieve, me salvé de que me pasara algo grave. Sólo algunos de los pedazos de la granada se me incrustaron en el brazo y codo izquierdos. Desde entonces, mi mano perdió sensibilidad.

 

Cuando me encontraron los aliados, ya había perdido mucha sangre, principalmente de la cabeza, pues fueron muchas horas las que estuve tirado sobre la nieve. Pero no sólo yo. A mi lado había también otro compañero herido con una bala que le impedía moverse.

 

Nos trasladaron en helicóptero al hospital americano que había en Japón. Ese helicóptero tenía dos canastas. Una de cada lado del aparato y estaban colgando al aire y me acuerdo que pensé: con la suerte que traigo, a ver si no pasa ahora un avión japonés y “pum” nos desaparece. Afortunadamente, no fue así.

 

Y COMENZO SU VIDA

 

Por mis heridas me pensionaron y decidí comenzar a “vivir”. Me casé y me fui a San Antonio a estudiar la universidad. Yo quería tener una familia, pero Dios no quiso dármela, él sabe por qué hace las cosas. Así que mi mujer y yo decidimos adoptar dos niños que ahora ya están casados y que me han dado dos hermosos nietos.

 

Trabajé durante muchos años en el departamento de la “juvenil”  aquí en Laredo, hasta que me jubilé y gracias a mis pensiones del seguro social, de la armada, el ejercito y del condado, puedo vivir tranquilo, aunque como mi madre me decía, “no te sientes, porque el que se sienta se atrofia” sigo activo en varias organizaciones de veteranos de guerra y soy co-propietario de una agencia de seguros.

 

La guerra marcó mi vida, pero sigo aquí, hasta que el cuerpo aguante.