PLAZA JARVIS, LUGAR DE ENCUENTROS

 

Por: Ramón Talavera Franco

 

Todos los días, alrededor de las diez de la mañana y hasta que la luz del sol se esconde, un grupo de hombres se reúne a compartir sus historias en torno a un juego de azar. Las barajas caen sobre las mesas de concreto. Las mentes definen las jugadas. Los ojos se avivan para detectar tanto los movimientos como las fallas del contrincante. El reloj apresura sus manecillas y los jugadores concluyen e inician sus juegos cíclicamente, casi sin darse cuenta del principio y del final de cada uno de ellos.

 

“Si vienes a jugar, eres bien recibido. Si no, puedes observar, aprender y hacer amigos”, nos dice el señor Guillermo Galindo, uno de los fieles visitadores de esta plaza. “Aquí viene uno por el simple gusto de pasar el tiempo en compañía de “los camaradas”. Las apuestas no se valen, por lo que aquí todos ganamos. Unos, aprendiendo, otros distrayéndose y la mayoría haciendo amigos”. Por lo que podemos decir que aquí sí se viene a ganar, pero el premio mayor no se otorga en cantidad, sino en amistad.

 

Para el señor Galindo, es una suerte que exista esta Plaza. El terreno que la conforma fue donado por Samuel Jarvis, cuyo apellido la ha distinguido desde 1890. Es un lugar rodeado de historia y de historias. La historia está atrapada en  los edificios que la rodean como: Las Oficinas Postales, El Hotel Hamilton que actualmente sirve como vivienda para las personas de la tercera edad, o el edificio Sames Moore en donde por corta temporada se alojan las oficinas del Consulado de México; como símbolo de orgullo cívico, una flama eternamente encendida apostada al lado norte de la misma, nos recuerda a los laredenses que han perecido en las diversas guerras que este país ha sostenido a lo largo de los años.

 

En cuanto a sus historias, los trabajadores del volante las recogen diariamente a bordo de sus taxis estacionados en la calle Salinas, sitio que les ha servido de base desde principios de siglo, cuando los hoteles “Sureste”  “Bender” y  “San Antonio”  - cercanos a la plaza – eran los preferidos de los turistas. ¡Se imaginan lo que los choferes de aquel entonces escuchaban  y veían!

 

Pero otro gran número de historias que narran acontecimientos familiares, laborales, decepciones, sufrimientos o risas desencajadas, son las que se escuchan desde las bancas de la plaza. Son historias actuales, reales, algunas quizá crudas, pero que hablan desde el corazón. Y todas son emitidas y escuchadas por los “hombres de las barajas.”

 

Enfundado en una chamarra de franela y un sombrero tejano, el señor Galindo llega a la plaza. Ante mi insistencia, se separa del juego para regalarnos unos minutos. Sin dejar de observar el “juego” de uno de sus compañeros e intentar encontrar “la tercia” que necesita para completar “la mano”, nos responde:  “yo llegué como la mayoría, por curiosidad. Venía de aquí, del “otro lado”, caminaba y los miraba. Platicaba con ellos y miraba como jugaban. Así fue, mirando primero y luego, jugando. Hace unos diez años d’eso.”

 

Otro de los camaradas, Vicente Pereda, llega saludando afectuosamente a todos. Algunos le responden como espejo, otros, emiten apenas un sonido ininteligible para no desconcentrarse de la jugada. El señor Galindo, continúa: “Yo vengo los martes y los sábados y me estoy como unas cuatro o cinco horas, depende. Me gusta venir porque aquí encontré a mis amigos y gracias a Dios, aquí estamos. Así uno no se siente solo, no está solo con los pensamientos. A veces traigo mi comida, bueno, muchos traemos comida, café o algo, y si no, nos vamos todos a comer a un restorán de por aquí.”

 

Un fuerte viento mueve el sombrero de don Guillermo. Mientras lo detiene para que no “salga volando”, aprovecha para explicarnos que ni el frío, ni el viento, ni el intenso calor que domina durante ocho meses a Laredo han impedido que los “camaradas” sigan reuniéndose en la plaza a jugar “conquian”, “albur” o “dominó”, que sin peligrosas apuestas ni alcohol de por medio, son el divertimento favorito de estos hombres cuyas edades fluctúan entre los 40 y los 60 años. “Hay algunos jubilados, pero la mayoría de nosotros seguimos trabajando” – y nos cuenta su propia historia – “ como quince años viví en Houston y trabajaba en los “yonke”, en la obra, pero desde hace uno años trabajo en la molienda de caña en Louisiana. Nunca he vivido ahí, solo “caigo” en esa ciudad. Trabajo ocho meses y me regreso aquí a Laredo a vivir los otros cuatro del año. He hecho esto durante trece años. No es un trabajo duro. Pagan bien, bueno, pa’nosotros; gracias a Dios no pasamos hambres. A mí por la edad, ya me dan trabajo liviano, nada pesado, hasta me cuidan. Comienzo en mayo; me ponen a barrer o a pintar y cuando esto ya está hecho entonces sigue la molienda para sacar azúcar. Son como tres meses de cosecha. Después regreso a Laredo y vivo con mi familia. Somos ocho de familia y vivimos tranquilos. Nos gusta Laredo.”

 

Don Guillermo comienza a sentir ese piquete en las manos que le indica que ha llegado el momento para comenzar a jugar antes de que se meta el sol. Se despide amablemente y Vicente Parada, hombre de 40 años de edad que se incorporó al grupo minutos antes, nos dice a manera de conclusión: “ venir aquí es una buena convivencia. Además de conocer amigos, de repente salen trabajos. Las horas se pasan rápido y nos divertimos mucho. Aunque eso sí, si uno viene esperando que los “camaradas” revelen los secretos del juego, pues se van a ir como llegaron porque esos, no los enseñan”.

 

En la Plaza Jarvis resuenan las risas de los “camaradas”. Por ellas, podemos darnos cuenta quién ganó una mano y quién invoca a la suerte para ganar la siguiente. Alrededor, la historia de Laredo se oscurece. El viento, de invierno, sopla como una manera de dar la bienvenida a la noche y de acompañamiento musical para los hombres, la historia y las historias de la Plaza Jarvis.