UNA REFLEXION EN EL “DIA DE MUERTOS”

 

Por: Ramón Talavera Franco

 

  El creciente número de mexicanos radicados en Estados Unidos, ha logrado que algunas tradiciones que se remontan desde épocas prehispánicas sean aceptadas y adoptadas en este país del norte de América. Una de ellas, es la festividad del “Día de muertos” que ahora se celebra en un gran número de primarias, secundarias y centros culturales y artísticos de algunas ciudades de este país. Una celebración que ha creado un gran interés debido a sus ritos y a sus símbolos, pero principalmente porque cristaliza el pensar y el sentir de las familias mexicanas.

 

Cuando el mexicano tiene que abandonar su país, sea por el motivo que sea, sus raíces lo llaman y nada, absolutamente nada lo detiene para acercarse a ellas. Y sus raíces comprenden todo lo que encontraba en la ciudad donde nació: su casa, sus vecinos, sus amigos, su familia, sus platillos, su idioma, su cultura y por supuesto, sus creencias y tradiciones.

 

Es por eso que la mayoría de los mexicanos que vienen a este país en busca de mejores fuentes de trabajo – se trasladan a ciudades como Los Ángeles, Chicago o Houston, porque saben que ahí encontrarán amigos o familiares que los cobijarán. Mexicanos y México-norteamericanos que además, han logrado instituir en el calendario norteamericano algunas de sus fiestas y tradiciones en la búsqueda por rescatar y por acercarse a sus raíces.

 

Y una forma de acercarse a ellas ha sido sin duda la celebración del “Día de muertos”. Al llegar aquí, los mexicanos no se conformaron con conocer y compartir el simbolismo de la fiesta de “Halloween” : invocar a las brujas, a los duendes, a los espíritus. No se conformaron porque estos seres de ultratumba, estaban muy alejados de ellos. Con “el Día de muertos” quisieron invocar pero a sus muertos, celebrarlos, acercarse a ellos y recordarlos a su manera.

 

Por eso comenzaron a colocar altares en sus casas, a ir a los cementerios y llevarles canciones y comida a sus seres difuntos. Empezaron a ritualizar la muerte de la manera que ellos habían aprendido y sin buscarlo, han empezado a instituir esta festividad que en la actualidad, ha acaparado el gusto y el interés de todo tipo de personas.

 

Sin duda, las ciudades fronterizas de Estados Unidos son las que más enfatizan esta celebración. Y un ejemplo claro es esta ciudad, Laredo, donde los niños, además de prepararse para celebrar el “Halloween” disfrazándose de brujos, vampiros o monstruos; salir a las calles con sus lámparas hechas de calabaza recordando la leyenda de “Jack of the Lantern” y pedir dulces casa por casa bajo la consigna de “trick or treta” se disponen también a celebrar “el día de muertos”. Para ello, en la mayoría de las escuelas tienen preparado algún evento en torno a esta festividad. Algunas colocarán altares, otras, escribirán “calaveras” y en la mayoría de ellas, algunos maestros o especialistas impartirán pláticas respecto a la importancia de esta celebración y su vinculación con el “Halloween”.

 

Y mientras los niños se preparan para estas fiestas, el resto de las familias laredenses también esperan con gusto que se acerque el “Día de muertos” para traspasar la frontera que los une con su ciudad hermana y saborear el delicioso “Pan de muerto”, así como también para comprar alguna calaverita de azúcar que tenga impreso el nombre de algún familiar o amigo para comérsela a mordidas. Pero sobretodo, esperan este día para celebrarlo como se hace en México: visitando a sus seres difuntos en los cementerios.

 

Tanto en ésta como en otras ciudades fronterizas, hay muchos nombres y apellidos mexicanos. En cambio, en otras ciudades más alejadas como lo es Chicago, son menos. Y el número disminuye por un fenómeno que sólo puede suceder por la idiosincrasia del mexicano. ¿A qué nos referimos? Al deseo de retorno a nuestra patria, aún después de muertos.

 

Si el mexicano que emigró fundó una familia, al morir es probable que sea enterrado en este país, aunque algunas veces los padres exigirán que sea enterrado en México le parezca o no al esposo(a) del difunto(a). En cambio, si no estuvo casado o se ha separado de su conjuge, sus familiares en México lo reclamarán y harán hasta lo imposible por llevar su cuerpo junto a ellos. Y al decir su cuerpo, lo digo en serio, ya que pocos aceptan que sus “muertitos” sean incinerados.

 

Son increíbles los trabajos por los que pasan los familiares de los mexicanos muertos en Estados Unidos para “traerlos a casa”. Especialmente aquellos padres, madres o esposas(os) o hermanos(as) que viven en las zonas rurales y que cuentan con pocos recursos económicos para vivir día con día. Ellos, los más pobres, son quienes más luchan por tener a su familiar cerca de ellos. No importa el papeleo, el dinero o el tiempo que se tarden. La mayoría de ellos lo consigue imponiendo una sola condición: el cuerpo entero, no cenizas.

 

Así, la persona que ha partido al “más allá” puede ser velada, llorada y puede dársele la bendición para que descanse en paz, y su cuerpo ser enterrado en el camposanto “de la familia” para de esta manera tenerlo “cerquita” y que su alma no se pierda cuando vaya a visitarlos “el día de los muertos”.

 

Y no importará cuanto tiempo haya vivido en Estados Unidos o cuanto tiempo haya dejado de ver a su familia. Para él o ella, siempre habrá un lugar especial en el “altar de muertos” y se le colocará - como a los demás -  sus platillos, bebidas o dulces favoritos. Además en el cementerio, siempre habrá una mano que acaricie su lápida, unos ojos que lo busquen entre la tierra y una boca que le platique los logros y desavenencias de la familia.

 

Por eso es importante que la tradición del “Día de muertos” ahora se viva y se disfrute aquí, en Estados Unidos, ya que es una de las formas en las que mexicanos nos acercamos a nuestras raíces y creencias, y es una manera para que los anglosajones comprendan un poco más la forma de pensar y de sentir de un sector muy importante de nuestro país: las familias mexicanas.